Aprendiendo a dejar ir…
«Si tuviese una oración, sería esta: Dios, líbrame de desear amor, aprobación o aprecio, Amén.»
Byron Katie
Dicen los que entienden lo que pasa en las estrellas, que el 2026 será un año para la madurez espiritual, donde sabes lo que tienes que hacer y lo haces. Ya no te escondes, ya no juegas a ser quien no eres, y ya no dejas que el ego niño gobierne tus andanzas de ser celestial. Dicen también que si no lo haces, puede llegar a ser un muy mal año.
Curiosamente, mi última lectura personal de Tarot me advirtió sobre lo mismo: las energías son extremadamente favorables si vivo la verdadera identidad que corresponde al paso a una consciencia superior. Pero bueno, volvamos al tópico de cómo tenemos todos un buen 2026 que es de lo que se trata.
Para lograr la madurez espiritual tienes que aprender a dejar ir.
¿Qué es dejar ir? Dejar ir es aceptar lo que ES, dejar ir es dejar de luchar contra la realidad, lo que debería o no debería ser, pasar, ocurrir… dejar ir es hacer las paces con lo que sí es y ver en eso al maestro, al compañero de evolución, al espejo que viene a mostrarnos lo que dentro nuestro sigue sin estar en coherencia.
Lo vemos mucho en las fiestas, cuando alumnos y maestros se reúnen a celebrar. La familia es eso, el lugar donde eres el mejor alumno porque tienes el más grande de los maestros frente a ti, muchas veces en forma de uno de tus seres más queridos. La maestría emocional y mental son los verdaderos conductos del alma y del espíritu, y el mejor caldo para la evolución, son las personas y los ideales que más nos importan.
Nos ponen locos los juicios de los demás porque los juzgamos también. Me vienen a la mente dos grandes seres que son para mí como «personas-consciencia» desde sus lugares prácticamente opuestos en la sociedad. Los dos iguales de certeros y de íntegros.
Jordan Peterson me ayuda siempre a recordar que, en efecto, puedo ser muy inadecuada y que, puesta en la disyuntiva, tal vez no soy tan buena persona y puedo abusar del poder que otros reconozcan en mí. Me recuerda toda la dilapidante lista de defectos que tengo, y a la vez mis deseos inmensos de no transmitirle eso a los demás. Por eso me hice sanadora, porque necesitaba sanar. Lo que pasa con la visión de Peterson es que te educa, te disciplina, te hace madurar porque el mundo te pesa, te importa mucho, y por eso te obligas a controlar tus oscuridades, a amordazarlas. Él representa de una forma ejemplar, y en medio de toda su luz natural, a la sombra que se sabe sombra, como lo llamaré a partir de hoy: la «brillante sombra», porque es la sombra que ha adquirido consciencia. Y me duele lo que a él le duele aunque a veces no estemos de acuerdo. Me duele porque puedo sentir y ver una honestidad a rajatabla, machucando, destrozando al mal «ser». Lo que pasa con una mente tan brillante es que genera a un ego tan brillante como la mente a la que habita, y mientras más avanza uno en el descubrimiento, más se llena ese ego de armas lustrosas y poderosas. No tiene fin, no tiene fondo. Esa dureza y ese autocontrol, si nos pasamos de la raya, nos enferma.
Y entonces, como agua fresca pero que logra con tenacidad erosionar a la roca, llega Byron Katie con sus cuatro preguntas para indagar sobre lo que pienso y me creo de lo que pienso, y sus inversiones para darle jaque mate al ego. No desde la disciplina y el control masculino, sino desde la inocencia total que nos genera comprensión y compasión por toda la barbarie interna que vemos afuera porque estamos en guerra adentro. Con la paciencia de una madre enseñando a su hijo a acordonarse los zapatos, durante más de cuarenta años, su método ha ayudado y nos ayuda a liberarnos del juicio que tenemos sobre todo. Más aún porque nos damos cuenta de que no es el juicio que las personas emiten sobre nosotros lo que nos aterra y nos produce hasta náuseas. Con ella aprendí que lo que nos enferma y nos hace sufrir es el juicio que emitimos sobre el juicio que los otros tienen sobre nosotros. Al no querer ser juzgados, estamos juzgando a los demás porque nos juzgan, y a la vez estamos juzgándonos a nosotros mismos por juzgar a los demás. Y ahí empieza a arder Troya.
La total libertad existe cuando nos damos cuenta de que lo que nos incomoda al punto de no dejarnos tranquilos, es un pensamiento que nos hemos creído y que debe ser examinado. Parece noble y fácil, pero es lo más duro y honesto que nos podemos dar y para el ego va a ser, de todas las herramientas que conozco, la que menos le gusta. Le muestra al ego, lo enseña como, en su inocencia y queriendo protegernos, nos hace – a él y a nosotros mismos – la vida un calvario. No hay reposo, solo discurso constante sobre todo y sobre todos. Es la menos escapista y más amorosa de todas las intervenciones psicológicas que conozco. Siempre pienso en el alivio que la luz calma de Byron Katie le haría a la brillante sombra de Jordan Peterson. Peterson me da el coraje para sentarme a desmontar al personaje, y Katie me da el alivio del por qué me conviene dejarlo ir.
Igual, mi compensación interna siempre necesita recordar lo que tantos sabios del pasado trataron de comunicarme y tomó su forma definitiva a través de Michael Singer: hay un solo sujeto de la conciencia, el observador, y todo lo demás, sin excepción, son objetos de la conciencia. En ese sentido tan radical, una taza de café, la suegra, la bolsa de valores, cualquier guerra y un pensamiento son la misma cosa, son una cosa más. Todos son objetos de la conciencia. Esto simplifica la existencia de un modo rotundo porque así como no eres tu suegra ni una taza de café, no eres tus pensamientos, ni tus creencias, ni tu cuerpo. No tienes control, y nunca lo tendrás, sobre lo que ocurre y por eso tiene mucho sentido «quedarse con» la menor cantidad de «objetos» mentales posibles. Si viajamos ligeros de equipaje, es decir, sin los infinitos objetos que el personaje del ego necesita, adquirimos una capacidad evolutiva inmensa, y sólo ahí podemos influenciar a otros en su camino hacia una vida más feliz y coherente.
Este año, y después de dos años en la mazmorras de mi propia mente, recordé las reglas del juego y recuperé el hilo de Ariadna que pasé años buscando (lo tuve, lo tenía y lo perdí). Regresé a las profundidades del laberinto del minotauro, esta vez con la ayuda del hilo, y sé que maté a la bestia. Otra bestia me llevará al laberinto pero el camino de regreso a casa ahora está claro. Está en estas líneas para cuando me vuelva a extraviar. La voy a fregar olímpicamente otra vez; eso ya lo sé, pero ya no me da miedo porque tengo una fórmula para regresar a mí misma y ver dónde empecé otra nueva guerra.
En este final de año, o final de día, o final segundo de tu personaje anterior, si pudieras soltar algo y dejarlo ir,
¿qué sería? ¿qué pensamiento o creencia te pesa más, te estresa más?
Haz tu lista y trabaja en ti de forma diligente si quieres parar de sufrir y ser feliz.
Elegir ser feliz es estar dispuesto a dejar ir, a soltar, a rendirse ante lo que es, renunciar a tener la razón, y ser libres del condicionamiento.
Cuando repito una y otra vez en mis publicaciones que elijan ser felices, es un acto de coraje supremo y de evolución lo que estoy pidiendo ¡pero vale la pena hacerlo!
¡Elige Ser Feliz!
Hoy, este artículo se lo dedico a ese personaje que he sido para algunas cosas y que está muriendo en este mismo momento. Me ayudó a sobrevivir durante muchos años en los que he estado presa de la aprobación y la crítica, propia y de los demás.
Hoy, yo Nayví, la sanadora, la tarotista, la que se ocupa de lo invisible, está eligiendo ser feliz.
Princeton, Florida, 30 de Diciembre de 2025

